Saber guanyar és saber repartir

Kenneth P. Morse ha estat uns dies per l'estat espanyol.
Aquest cap de setmana llegint les entrevistes que acostuma a publicar La Vanguardia en la seva darrera pàgina "La Contra" m'he topat amb una entrevista particularment interessant. Està disponible a la web de La Vanguardia i l'ha realitzat Lluís Amiguet.

Kenneth P. Morse és Catedrátic d'Innovación de l'Institut Tecnològic de Massachusetts. L'entrevista encara no l'he localitzat, però buscant per la xarxa he trobat diversa informació que pot resultar molt ineressant de consultar:
Per a recordar: "Si quieres ser emprendedor, crea como un dios; lidera como un rey y trabaja como un esclavo"

1 comentari:

mcano@xtec.cat ha dit...

Hola Artur,

l'entrevista és accessible a través de la secció LA CONTRA de LA VANGUARDIA del dissabte 13 de octubre de 2007 (http://www.lavanguardia.es/lacontra/lacontra.html)
A continuació la transcric sencera pq després l'enllaç del text es modifica quan passa a la base de dades de la secció.


Tengo 61 años y vivo en Boston: cuatro universidades de elite y cuarenta pequeñas... ¡Soy siempre joven! Discuto mis negocios con mis dos hijos. Fui periodista: gran oficio si se deja a tiempo. El Estado debe hacer pocas cosas muy bien: el resto lo hacemos mejor los ciudadanos



Quién fue la primera emprendedora de nuestra historia?

¿?

¡La reina Isabel! ¡Conquistar América fue toda una empresa! ¿Y cuál era el trato?

¿?

"Mira, Colón: te daré la mitad para ti y la mitad para mí". ¿Y qué dijo Colón para convencer a todo su equipo?

¿?

"¡De mi mitad, la mitad para vosotros!".

Me temo que fue algo más complejo...

¡Es la esencia de la innovación! Nueva tecnología: Colón conocía nuevos sistemas de navegación y nuevos mapas, exactos o no; había un capital inicial que puso la reina - dicen que vendió sus joyas-, pero, sobre todo, se repartieron el riesgo y las posibles ganancias.

Capital y riesgo: pacto y reparto.

¡Exacto! Para ganar hay que saber repartir.

Aquí repartir es sinónimo de perder.

Ya sé que aquí en España no suelen repartir acciones entre todos los empleados.

No es habitual.

Entonces ¿por qué va a esforzarse ningún empleado en trabajar más y mejor si gane o pierda la empresa él va a ganar el mismo sueldo? ¿Se esforzaría el empresario si ganara lo mismo fuera la empresa bien o mal?

Se supone que si la empresa va mal, tu puesto de trabajo peligra.

Si tu empleo peligra, es mejor largarse, pero tú sólo trabajarás más y mejor si tu retribución también crece o disminuye en función de resultados. Es el abecé de la innovación.

Dicen que Bill Gates ha repartido mucho más de lo que ha ganado.

Los grandes emprendedores han triunfado porque sabían repartir riesgos y ganancias con su equipo. Y ésa es la tragedia de la función pública: ¿para qué esforzarte en hacer bien tu trabajo si cobras lo mismo?

¿Por la íntima satisfacción del deber cumplido? ¿Por amor a tu profesión?

Hablo en serio.

Vale.

No hay historia de éxito en América que no empiece y acabe con reparto. Cuando me enviaron a la sede europea de mi compañía, Aspen, en Bruselas, que no acababa de despegar, vine dispuesto a repartir: más responsabilidades y más trabajo para todos, pero también más gratificación si las cosas mejoraban.

¿Y qué pasó?

Era una empresa de software para la industria química y los ingenieros químicos belgas no eran amantes del riesgo: cuando les hablé de cobrar una parte en acciones en lugar de dinero torcieron el gesto y me dijeron que sus esposas los matarían si les decían eso.

¿Cómo los convenció?

Hablé con las esposas. Aceptaron el riesgo, porque vieron la posible ganancia y que ésta dependería de su esfuerzo. Después compré microondas y lavavajillas para cada oficina.

¿Para qué?

Porque tendrían que quedarse a cenar en el laboratorio más de una noche: nadie gana dinero en serio con semanas laborales de treinta y cinco horas.

¿Respondieron?

Por supuesto, porque desde la recepcionista hasta el mejor ingeniero se dieron cuenta de que tenían mucho que ganar si todos trabajaban más y mejor. Fuimos a bolsa y todos ganamos mucho, porque también repartimos mucho. Éramos un equipo, y eso es lo que enseño ahora en el MIT. No quiero estrellitas.

¿Cómo son los emprendedores que selecciona para su programa?

Mucha ambición y poco ego. No quiero empollones ni genios solitarios, sino jugadores de equipo: gente que sepa pasarse el balón para que también otros puedan meter los goles.

¿Otras virtudes del buen emprendedor?

Pasión por su empresa, persistencia y saber escuchar. Ser diferente.

¿En qué sentido?

Al emprendedor le preocupa su libertad tanto como el dinero: no espera a que le den órdenes. Y si se las dan, las interpreta a su manera.

¿Usted es así?

Definitivamente, sí. Si me dan una orden directa, la interpreto como opcional. Tengo la virtud, no obstante, de acertar con mi interpretación de la orden y de saber rectificar cuando meto la pata. Si no, hace tiempo que ya no sería emprendedor de nada.

¿Quiénes son los mejores emprendedores de su programa?

Las mujeres de Oriente Medio: de Arabia Saudí, Bahrein, Kuwait. Para llegar al MIT han tenido que luchar como leonas. Sólo volverán a casa como ganadoras. Y siguen luchando.

Deme un ejemplo.

La ministra de Industria de los Emiratos Árabes Unidos es Sheika Lubna, fue alumna mía: diseñamos el plan de negocio que luego transformó en la empresa que informatizó el gigantesco puerto de Dubai.

Buena alumna.

¡Y había nacido en una tienda de pastores nómadas en el desierto!

¿El bienestar te resta ambición?

Al contrario, Suecia o Finlandia tienen excelentes estados de bienestar, pero también grandes emprendedores: y no sólo en Ikea o Nokia. Un buen Estado de bienestar te permite asumir riesgos sin temor a la indigencia.

¿Y en España?

En Boston creas una empresa en veinte minutos con veinte dólares. En España, para empezar, necesitas un gestor.



sábado, 13 de octubre de 2007
La Contra | página nº 76


Factor amigo

"Si quieres ser emprendedor, crea como un dios; lidera como un rey y trabaja como un esclavo... Y cásate con una mujer con sueldo fijo". Morse sabe combinar capital y tecnología, pero sobre todo domina el factor amigo: cuando voy a entrevistarlo, cae una tromba de agua que me deja sin taxis. Llamo a Hewlett-Packard Sant Cugat, donde Ken colabora, para disculparme y cancelar la entrevista, pero se pone él y, aunque lleva 24 horas sin dormir de avión en avión, me cuenta chistes de periodistas hasta que nos reímos juntos de las tormentas y los taxis. En tres minutos, ya somos amigos y emprendedores en la vida, y yo iría a entrevistarle al fin del mundo.